Todo estaba oxidado ahora en la Gran Ciudad. El brillante esplendor de antaño se había desvanecido, y ahora todo era viejo, sucio, rumbriento.
Sus habitantes también dejaron de brillar hace tiempo. Sus corazones, apagados y enmohecidos, ya no sentían ni un ápice del orgullo y patriotismo del pasado. La habían abandonado a su suerte, y habían dejado de vivir para simplemente existir, entre sus grises calles.
En la estación, deambulaban como almas en pena por entre los andenes, a la espera del próximo tren. Nadie hablaba, y reinaría el silencio si no fuera por la feroz tormenta de nieve que azotaba el exterior y por el traqueteo metálico del primer vagón acercándose.
Mientras, en el último asiento del último vagón, John se encontraba cabeceando contra el frío cristal, al tiempo que su mirada se perdía en ningún punto en concreto del paisaje que discurría a toda velocidad.
Sus ropas estaban sucias y gastadas, y dentro de su cabeza tintineaban, latentes, recuerdos oxidados. Le aterraba la idea de permanecer estático, pues los recuerdos parecían resonar con más fuerza cuando permanecía en algún lugar. Le ahogaban.
Ya había perdido la cuenta del tiempo que llevaba viajando en vagones como aquél.
Pero no había adónde ir, en realidad.


















