Decían de Jack que era un buen niño,
además de tímido y muy querido.
Pues mucho cariño le brindaba,
todo aquel conocido.
Pero en verdad era un niño triste,
apenas sonreír le veías,
¿te lo creerías?
¡Ni con el mejor chiste!
Un día jugando en la playa,
casi se desmaya.
Levantó la vista lentamente,
una enorme sombra lo cubría,
¡nadie se lo creería!
Ni el sabio abuelo Clemente.
Aquello que vio un barco era,
pero no uno cualquiera.
Era uno enorme y elegante,
con cañones a los lados,
y grandes velas con bordados.
Se alejó para verlo en amplitud,
pero aquello ganaba en magnitud:
contempló una figura arrogante,
justo delante del sol brillante.
Jack lo imitó en la distancia,
no sin cierto parecido,
pero sólo con perseverancia
sería como aquel forajido.
Fue entonces, de repente.
Ya nadie lo disuadiría.
Pues ardua empresa tenía en mente,
¡Un gran pirata sería!
Además, todo un hombre ya estaba hecho,
al menos eso le decían los extraños,
¡al escuchar que ya tenía nueve años!
Un día, ilusionado,
lo comentó durante la cena.
Y no pudo evitar sentir pena,
pues como siempre su padre,
volvía a ridiculizar su faena.
Deja de soñar le decía,
y no pierdas tiempo en tonterías,
ni piratas ni barcos ni sirenas,
calla y termina la cena.
¡Trabajar es lo importante!
Decía su padre el Comandante.
Soñar era una debilidad,
impropia de un hombre de verdad.
Jack no volvió a hablar aquella noche,
evitando así otro posible reproche.
Terminó la cena y subió a su cuarto,
apagado como un corazón en infarto.
Se echó abatido en la cama,
sin siquiera ponerse el pijama.
Cerró los ojos y cayó en sueño profundo,
huyendo a su propio mundo.
Paseando por el muelle ahora se encontraba,
bajo la llovizna del mar que lo mojaba.
Se sentía libre como en el cielo,
con el borde a los pies y los brazos en vuelo.
Alzó la vista lleno de paz
y vislumbró una estrella fugaz.
¡Quiero ser pirata por siempre!
Gritó en lo alto de un salto.
Jack quería ser pirata,
tanto como queso una rata.
Pero ya era tarde,
y no porque fuera un cobarde.
Del sobresalto había resbalado,
y ahora se encontraba en el fondo, empapado.
Despertar de golpe deseó,
pero no pudo aunque lo intentó.
¡No pudo porque no era un sueño!
Se sentía traicionado,
como si la vida le hubiera estafado.
Él sólo había querido seguir su camino,
y ahora se encontraba en el fondo marino.
Le faltaba el aire y una somnolencia lo envolvía.
¿Era el sueño eterno aquello que sentía?
Cerró sus ojos lentamente,
para sentir la paz eternamente.
Nadie supo más de Jack.
Pero muy bien saben los peces,
que por las noches, a veces,
se ve a un niño en silencio, caminando,
siguiendo la oscura sombra de algún barco.

















