Ya era hora de retomar esta olvidada categoría. Qué mejor forma que haciendo honor al siempre inocente y biempensante Knuckles y al humor absurdo y tontuno de Flamingo.

Ya era hora de retomar esta olvidada categoría. Qué mejor forma que haciendo honor al siempre inocente y biempensante Knuckles y al humor absurdo y tontuno de Flamingo.

Siempre había escuchado que la noche de San Juan era mágica. Un sin fín de gentes de todas las edades reunidas en torno a fogatas en la playa, disfrutando de una hermosa noche caracterizada por las risas, la música, los fuegos artificiales y enmarcada por el solsticio de verano.
Sólo asisto al encuentro que nos propone esa noche desde 2006, y nunca había experimentado la magia de la que oía hablar. Sí, quizás se trató de noches atípicas, pero nada que significara más para mí. Dicen que a la tercera va la vencida, y en este caso ha sido totalmente cierto.
Todo ese puñado de pólvora estallando de forma estridente y en mil colores, el crepitar del fuego, su humo y el ruido de miles de voces hablando en todas direcciones, empezó a cobrar sentido. Existe esa magia. Y yo la encontré inherente al hecho de pasar una noche increíble con la persona de la que, justo un año antes y en esa misma noche, me había acordado y aún no conocía.
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Hace más de tres años, allá por febrero de 2005, tuvo lugar mi primera incursión en el mundo blogger. Recuerdo con total claridad que dicha incursión fue el resultado de una búsqueda fácil y pronta de algo nuevo, que sirviera de vía de escape de aquello que, por aquel entonces, tenía entre manos. Y lo que tenía entre manos no era otra cosa que el desquiciante estudio de Estructura de Computadores.
Tres años después, y con una lista de blogs iniciados y abandonados a mis espaldas, puedo decir con seguridad que he encontrado mi hueco en la red. De acuerdo, es fácil hacerse un hueco en internet, pero difícil hacerse uno con el que realmente te sientas identificado, agusto, que sea tan parte de tí que vale la pena no olvidarlo y en el no te importa emplear tiempo en cuidar ciertos detalles, por nimios que sean. Y heme aquí, hoy, tres años después en mi dominio y escribiendo un post en busca de otra fácil y pronta vía de escape. Esta vez se trata de Arquitectura de Sistemas y Aplicaciones Distribuidas.
Que siga recurriendo a ésto como vía de escape después de tanto tiempo sólo corrobora dos cosas. La primera de ellas es que, por mucho que haya cambiado en tan poco tiempo, hay cosas que nunca cambian. Y la segunda corrobora el sentimiento compartido de que escribir es una de las cosas más divertidas (y satisfactorias) que pueden hacerse. Vale, el sexo puede ser más divertido y satisfactorio, pero para eso sí se necesita ayuda.
Desde que tengo memoria, Morejón siempre estuvo ahí. Vecino de toda la vida; el viejillo de la puerta de en frente. Fue una de las personas más bajitas y entrañables que he conocido. Y por lo poco que se de su vida antes de conocerle, fue también una de esas personas que, por desgracia, se hacen a sí mismos demasiado pronto. Quedando huérfano a la edad de trece años, se vió completamente sólo. Algo que, independientemente de su estatura y de que llegara incluso a conducir sentado sobre un cojín, no le impidió convertirse en un gran hombre y conservar su sentido del humor. Fue militar, relojero y un auténtico manitas al que siempre podías pedirle el destornillador con la punta más rara que pudieras imaginar.
Ayer, caminando durante su entierro tuve la sensación de que, últimamente, muchos de esos elementos que han formado parte del marco temporal en el que se desarrolló mi infancia están desapareciendo, quedando sólo un bonito recuerdo de todo aquello. Algo que viene a corroborar tanto el veloz e implacable paso del tiempo como el pensamiento de que somos el resultado de todo ese compendio de personas que han estado por un momento en nuestras vidas, y que todas esas personas en cuyas vidas hemos estado por un momento son parte de nosotros.
Yo, particularmente, nunca olvidaré momentos como aquella semana de colegio en la que estuve enfermo y la pasé con él y mi padre jugando a interminables partidas de dominó, aquellas copiosas comidas en el restaurante de su yerno, su ataque de risa estridente al quedarme encerrado dentro del coche, los inmensos belenes que hacía con ilusión cada navidad y que ya era tradición ir a ver o aquellos impros que hacía sentado en el balcón en la época en la que le dió por tocar la guitarra.
Desde este recóndito lugar del ciberespacio, mi último adiós y recordatorio a Don Antonio Morejón Redondo, ese pequeño gran hombre que vivía en el 3º Izquierda y el cuál dejó una bonita huella en mi memoria.
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” El consuelo, pensaba, es como una tirita temporal con la que seguir andando por esa senda áspera y cortante que nunca debió tomarse. Tal vez sí. Pero lo cierto es que, aun cuando muchas veces las empleó de forma efectiva con otras personas, las palabras de consuelo que venían del resto le resultaban tan vacías y huecas que lo que despertaban en él no era ese consuelo que pretendían, sino gratitud. Gratitud quizá por la muestra inherente de afecto o preocupación. Gratitud quizá porque ellos no sintieran lo mismo. Pero no era consuelo, no ese consuelo que solía despertar de forma desintencionada cada nota musical que entraba por sus oídos y moría en su cabeza, o cada palabra que nacía en ella y él sacaba cuando simplemente se sentaba a escribir.”
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