No tengo ni idea de fotografía, y toda cámara con la que puedo contar es con la del móvil.
Hace años, encontré un viejo vídeo que me grabaron mis padres durante el día de mi cuarto cumpleaños. Cuando lo ví, fue como volver al pasado más lejano de mi memoria, y recordé de nuevo muchos de los momentos que ocurrieron aquel día. No tuvo precio, ya que poco de aquella época fue inmortalizado.
Ahora, veinte años después de aquel precario vídeo, con toda la explosión multimedia, de intercambio de información y teniendo en cuenta que no poseo memoria fotográfica, ya no tengo excusa para inmortalizar al menos una imagen de cada día en el que me ponga en pie.
Así que hoy enciendo una nueva y particular máquina del tiempo que me permitirá viajar, en el futuro, a cualquier día del pasado a partir del punto en que fue activada. Y recordar, a través de una imagen, una de las cosas que, probablemente, ocurrieron ese día. De igual forma que con aquél vídeo de mi cuarto cumpleaños.
Hasta hace un año, pensaba que los sentimientos hacían débiles y vulnerables a las personas. Pero hoy, 365 días después, puedo decir que pienso de forma distinta. He aprendido que huir de ellos y esconderlos tras un muro de miedos y aparente frialdad es precisamente lo que te hace ser débil. Porque siguen estando ahí, pero eres tan cobarde que no quieres aceptarlos.
Tarde o temprano llega el día en que no puedes seguir conteniendo todo lo que guardas dentro con tanto terror. Llega el día en que te sobrepasa, o simplemente llega alguien que destruye en tiempo récord ese muro que creías tan indestrutible y que nadie antes había conseguido tambalear. Y es en ese momento, cuando te das cuenta de lo realmente débil que eras. Te das cuenta de que ya no hay muro donde esconderse y que todo cuanto has escondido está lleno de rincones oscuros que ni tú mismo conoces. No sabes como vas a reaccionar ante cada nueva situación, y ves de forma triste que en realidad no te conoces de verdad ni a tí mismo.
Es entonces cuando resuena en tu cabeza la frase “sólo se vive una vez”. Ya no tiene sentido esforzarse en crear otro muro de esos. Ahora todo es nuevo y sólo te queda seguir adelante y dejar de seguir sentado y estancado viendo cómo todo cuanto ocurría a tu alrededor lo analizabas racionalmente, obviando la parte de vivirlo. Es hora de dejar de darle vueltas a las cosas, de anular ese chip que todos parecemos incorporar de serie y de aprender de forma práctica. Pero dándolo todo porque, si no lo das ahora que eres joven, no lo harás después. Y si lo haces, nada será ya tan intenso como ahora.
Independientemente de que esté expuesto a muchas más situaciones que puedan hacer daño, se con total seguridad que soy más fuerte ahora para afrontarlas. Porque he aprendido. Conozco mucho más de mi mismo, y veo un abismo entre el Argos de hace un año y el de ahora.
Lo cierto es que nunca me imaginé publicando un post como éste. Pero esta reflexión tan inusual e introspectiva hoy cobra un sentido que no puedo obviar. Y ha tenido, además, dos objetivos.
El primero de ellos, y como con el resto de posts de este lugar, dejarlo plasmado en el tiempo.
El segundo, y más importante, agradecerte con todas mis fuerzas estos 365 días a tu lado, en los que me has enseñado sin darte cuenta muchas de las cosas más importantes y útiles que alguien puede aprender en su vida. Todo ello aderezado con un sin fín de momentos agradables e inolvidables que no tienen precio, que si bien ya habían comenzado hace más de 365 días, sí que comenzaron de forma oficial e inusual al lado de Saboten, nuestro amigo el cactus.
“Sigue abriendo puertas y no te detengas, decía. Cuando no veas la puerta y sólo haya un muro, golpéalo hasta derribarlo. Al fin y al cabo los muros sólo están ahí para frenar a toda esa gente que no desea de verdad lo que se encuentra al otro lado. Descansa cuando no puedas más, y luego sigue. No pares, y ayuda a los demás a seguir adelante cuando se queden atrás, sobretodo a todos los que no quieres perder en el camino. Porque cuando llegues al final, cuando te gires y veas todo lo andado, a la gente que te rodea en ese momento y que no hubo nada que te detuviera, que no te quedaste atrapado entre dos muros ni te convertiste en una sombra olvidada, en ese momento sentirás una tranquilidad y una paz inigualable. No dejaste nada a medias, hiciste todo lo que debías y ya no hay nada que de tí dependa. Y éso amigo, éso es estar en el cielo.