Un traje es algo demasiado personal. Sobretodo para aquellos que no pueden permitirse tener varios de ellos. Para mí, y en cierto modo, debe ser como una segunda piel. Que encaje con la imagen mental que tengo de cómo debe ser y de cómo debe verse. Quizá es por ello que nunca tuve uno, porque si ya de por sí rara vez encuentro ropa que me llame la atención, la idea de encontrar algo tan específico se me hacía imposible.
Pero la boda de mi primo se acerca peligrosamente, además de otros posibles eventos que puedan requerirlo. Así que tuve que dejar de postponerlo y salir en busca de esa segunda piel.

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Al final encontré la que buscaba. Y, contra todo pronóstico, en la primera tienda donde entramos mi padre y yo. La corbata en la segunda y los zapatos en la tercera. Caído del cielo, oiga!




















