Mi teclado es suavemente rociado por las migas que saltan del pan crujiente. Como la nieve, cuando acaricia uno de esos suelos empedrados de antaño. Y las condenadas, traviesas, se escabullen por los huecos de entre las teclas.
Curiosamente, tienen predilección por los huecos de ciertas letras o de algún número en particular. Pensaría que intentan decirme algo, si fuera un paranoico.
Quizá haya tostado el pan demasiado.


















