Esta es la historia triste
de alguien que feliz era.
Y es que sin usar un chiste
alegrar podía a cualquiera.
Inflaba globos que regalaba,
de divertidas formas y colores.
Y de colorido las calles llenaba,
rodeado siempre de admiradores.
Los niños corrían con ilusión.
Y aunque no parezca muy complicado,
es en la práctica arte enrevesado
y todo un don digno de admiración.
Pero una gran ambición tenía:
ser la mayor de sus creaciones.
El más grande, y volar alto quería.
Más allá incluso que los aviones.
Y así un día inspiró sin freno
dejando convencido, de expirar.
Y hasta que de aire no estuvo lleno,
no tuvo intención de parar.
Se hinchó, se elevó y se elevó
y cuanto más alto estaba,
llegar más alto soñaba.
Hasta que tan sólo nunca se vió.
Su ambición le había traicionado,
perdiendo todo lo que había amado.
Sacrificar lo bueno y conocido sin reparo,
en busca de algo incierto y mejor considerado,
es algo que siempre se paga caro.
Y así, aquel hombre de sonrisa radiante
llegó tan alto que una vez al sol tapó.
Y fue recordado como el hombre gordo flotante,
que oscureció todo lo que una vez amó.

















