Parte de la semana pasada (y parte de la anterior) estuve a salvo en la Feel Good Inc. Raptado por una princesa que, con su compañía, convirtió mi estancia en uno de esos breaks agradables que a veces la vida intercala entre tempestad y tempestad. Y es ahí precisamente, entre tempestades, cuando se saborea al máximo cada segundo de esa calma dulce y momentánea.
Una breve e intensa escapada enmarcada por risas, lujuria, fotos de otro tiempo, batmans, ladridos matutinos y silencio nocturno, macflurry, momentos curiosos pero también absurdos, conversaciones de todo tipo y gente desnuda alrededor. Todo ello no necesariamente en ese orden, y entre otras cosas. Así que por unos días creí estar viviendo un segundo verano del año pasado. Mi estómago es testigo de ello : D.
Ahora el panorama es radicalmente distinto. Salgo de casa al alba y regreso al ocaso, en una sucesión de obligaciones que se pueden resumir en hacer una práctica de autoescuela y estudiar el resto del día hasta decir basta.
El único break ahora es a la hora de la comida, en una de esas conversaciones agradables con Matu mientras degustamos el menú del día. Así que, inmerso en tan distinta realidad, en esta sucesión de días clónicos y cansancio, no puedo dejar de tener presente todos esos nuevos recuerdos y echar de menos esos momentos que ahora me parece que fueron un sueño.
Mucho se ha escrito sobre los viajes. Como bien diría Francis Bacon, son en la juventud una parte de educación y, en la vejez, una parte de experiencia.
Viajar por puro placer es una de las actividades más reconfortantes a las que se puede optar, de entre todas las posibles, en esta vida. Y aún cuando esta obviedad no se le escapa a nadie, hacía tanto tiempo que no me daba este capricho que ya había olvidado el sabor de muchas de las cosas que viajar conlleva. Y hacía tanto tiempo, que más que un capricho era una necesidad.
Han sido cinco días inolvidables en Barcelona con aniki, cuyo plan de viaje consistía principalmente en ir al concierto de An Cafe en la sala Bikini e improvisar el resto de los días.
——— Día primero: De la llegada y los sandwiches de nocilla ———
Ya es un hecho conocido que, cuando Tero y yo estamos juntos, somos objetivo de numerosas estafas bajo consentimiento. Y esta ocasión no iba a ser menos. Así pues, tras haber sido timados en el aire por tener sed, fuimos timados en tierra por tener hambre. Fue entonces cuando llegamos a la conclusión de que el centro es a Barcelona lo que Playa del Inglés a Gran Canaria, tanto por el número de turistas por metro cuadrado como por el precio de un vulgar y sobrevalorado sandwich mixto. Dicen que de los errores se aprende; después de encontrar el hostal donde dejar el equipaje, fuimos a comprar nocilla.
Y aparte de lo anterior, este primer día se caracterizó por hacer lo que todo turista que se precie haría, como sacar fotos típicas y atípicas mientras camina sin cesar hasta más allá del ocaso y caer rendido. Tengo un callo que así lo demuestra. Por cierto, al pasear por Las Ramblas pueden encontrarse cosas como ésta, y sino también.
————– Día segundo: De la cola y el concierto ————–
Y como era de esperar, amaneció en Barna aunque no estuviéramos despiertos para contarlo. Sobre el mediodía, cuando el rugido de nuestros estómagos ensombrecía el grito de mis doloridos pies, supimos que era hora de levantarse y partir. Es curioso, realmente no tuvimos ninguna dificultad a la hora de localizar la calle. Tras infructuosas preguntas a jóvenes durante el día anterior, llegamos a la conclusión de que existe una ley no escrita gracias a la cual existirá un viejo/a a tu lado, el cual sabrá exactamente la ubicación del lugar que estás buscando.
Así que después de un suculento y económico menú llegamos sin mayor problema a la cola del concierto, donde nos hubieran esperado unas cuatro horas de hastío y aburrimiento de no ser por un simpático grupo que conocimos y que nos invitó a jugar a “La Corriente”, un juego para situaciones desesperadas y cuyas reglas omitiré por respeto.
Llegó por fin el momento del concierto, y después de un sinfín de empujones, pisotones y codazos puedo afirmar con total rotundidad que es una experiencia a repetir. Verlos en directo fue increíble, tanto es así que aún cuando antes no era uno de los grupos que más solía escuchar, ahora su música se ha convertido en la banda sonora de este viaje, recordándome todos esos buenos momentos.
——————– Día tercero: De compras ——————–
En todo viaje que se precie debe haber un día dedicado a gastar dinero sin remordimientos en souvenirs y regalos para esa gente especial que te espera a la vuelta. Y paseando por los alrededores del centro donde había tenido lugar el concierto encontramos la tienda perfecta para ello. No pude evitar, además, darme un friki-capricho.
—————– Día cuarto: De las risas en el evento —————–
Si existe una ventaja definitiva en los viajes improvisados frente a los organizados es sin duda que ningún imprevisto puede chafarte el planning para ese día. Gracias a las chicas del concierto nos enteramos de que iba a tener lugar el JapanWeekend, algo así como un salón del manga en miniatura. Así que voilá, ya teníamos plan para el cuarto día.
Un día bastante divertido, donde no faltaron karaokes y actuaciones, además de gals, visuals, gothic lolitas y frikis en general bajo ese clima de buen rollo y respeto que caracteriza este tipo de eventos. Acabamos rendindos, nuevamente.
——————- Día último: De la vuelta a casa ——————-
El desánimo y desgana producidos por la despedida de la gente, de la ciudad y de todo aquel ambiente de despreocupación quedaron patentes cuando se hizo la hora de abandonar la habitación y aún seguíamos durmiendo. Después de ser despertados por la histeria de la recepcionista hicimos las maletas y nos dedicamos a cargar con ellas por la ciudad, hasta que llegara la hora del regreso.
La vuelta a la realidad era en mi cabeza como una jarra de agua fría en mitad de un placentero sueño. Pero la realidad fue que una princesa hizo inolvidable el tiempo a mi regreso, además de delicioso. Gracias Vanillita!
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Barcelona, ciudad de viajeros. A veces tan absurda y exagerada. Nos has dado una vida extra. Y aunque este viaje haya sido tan fugaz como una travesía en metro, no lo olvidaremos.